Miyamoto Musashi es el samurái más célebre de la historia, y su Libro de los cinco anillos es el tratado sobre bushido más relevante de todos los tiempos.

Bushido es el nombre que recibe el heterogéneo pensamiento filosófico que fundamentaba el código de conducta de los samuráis. El término “bushi” suele traducirse al español como “guerrero”. A su vez, el sufijo japonés “do” se deriva de la enigmática y polifacética palabra china “tao”. A día de hoy, los japoneses siguen usando el intraducible término “do” para referirse a cosas tan variopintas como “la realidad última” o “la verdad trascendental”.

Siguiendo esta lógica, el bushido vendría a ser algo así como “la realidad última del guerrero” o “la verdad trascendental del guerrero”, entendiéndose por ambas “el camino filosófico que han de seguir aquellos que desempeñan el oficio de las armas”. Anteriormente, ya se había tratado el tema del bushido,
pero casi siempre desde una óptica confuciana justificadora del respeto por las jerarquías o desde una perspectiva zen.

El zen y el bushido han ido siempre de la mano. El budismo zen tiene sus orígenes en India, pero terminó llegando al archipiélago japonés desde China entre los siglos VII y VIII, adquiriendo una gran relevancia a partir del siglo XIII. La palabra zen se deriva del término chino chan y este, a su vez, del sánscrito dhyana, el cual significa meditar.

Los samuráis vieron en la meditación zen una herramienta poderosísima que les podía ayudar a preparar sus mentes para la batalla. A través del zen, los samuráis aprendieron a liberarse del miedo, a desarrollar sus capacidades psíquicas y a familiarizarse con la austeridad. Gracias al zen, los samuráis desarrollaron la férrea voluntad que aún a día de hoy les caracteriza. El zen solo tenía un inconveniente, y es que el budismo era la única religión del Japón Feudal que prohibía explícitamente a sus adeptos matar, pero los más ilustrados no tardaron en encontrar una solución para este problema.

Las reflexiones acerca del bushido que se dieron a partir de la pacificación no abandonaron estos temas, pero su tono es muy diferente, pues la guerra pasó de ser la realidad cotidiana a ser un ideal. Paulatinamente, la guerra dejó de ser el tópico principal del bushido, el cual tuvo que resignificar muchos de sus aspectos para solventar la crisis de identidad que por aquel entonces estaba sufriendo una clase guerrera que ya no podía ejercer el oficio que fundamentaba su existencia. El zen y las cuestiones concernientes a la preparación mental del bushi no desaparecieron y apenas cambiaron, pero el caso de los aspectos confucianistas fue muy diferente.

Los samuráis de esta época hicieron mucho énfasis en su condición de “sirvientes”, pero, esta vez, los bushi no se debían únicamente a sus señores, sino al conjunto de la sociedad. De este modo, los samuráis fueron dejando cada vez más de lado su faceta de guerreros y se fueron centrando más en la de gobernantes y casta dominante. Los nuevos ideólogos del bushido retrataban a los samuráis como líderes, garantes del orden público, guardianes de la moral y sobre todo como individuos que educaban a los demás con su ejemplo. Estos eran los nuevos deberes de los bushi. Para poder servir bien, el samurái debía cultivar una serie de cualidades ideales; ya no bastaba con estudiar las artes marciales y las estrategias militares.

De este modo, los samuráis se convirtieron en algo parecido a los “hombres del Renacimiento” occidentales: se ilustraban, cultivaban las letras y las artes, guardaban siempre la etiqueta. Poco a poco, las artes marciales fueron quedando relegadas a un segundo plano, dándose incluso el caso de guerreros que no llegaron a tocar un sable en toda su vida. El fenómeno de los duelos fue muy común entre los bushi más belicosos, que eran una minoría, por lo que los estilos de artes marciales que sobrevivieron se centraron casi exclusivamente en la esgrima.

Miyamoto Musashi (1584-1645) era uno de esos roninerrantes que recorrían todo el país en busca de pelea, pero no fue por sus victorias en los duelos por lo que pasó a la historia, sino por su particular visión sobre la vía del guerrero, o bushido. Musashi resignificó el bushido de una manera muy diferente. Él, echó la vista atrás buscando la esencia del bushido en lo que realmente era el verdadero oficio del samurái: la guerra. Dándose cuenta de que la esencia de la guerra es imponerse sobre los demás, llegó a la siguiente conclusión: “La vía marcial consiste en tratar de ser superior a todos en cualquier circunstancia”.