Miyamoto Musashi es el samurái más célebre de la historia, y su Libro de los cinco anillos es el tratado sobre bushido más relevante de todos los tiempos.

Los samuráis eran los miembros de la casta guerrera que ostentaba el poder en el Japón Feudal. La palabra samurái significa “aquel que sirve”, y pese a que los miembros de las otras castas solían referirse a ellos con ese nombre, ellos preferían llamarse a sí mismos bushi, palabra que se podría traducir al castellano como “guerrero que lucha a caballo”, o simplemente “guerrero”.

En un principio, los samuráis eran únicamente profesionales de la guerra que, efectivamente, servían a los cortesanos, la casta dominante original. Los cortesanos solían premiar a los guerreros que les servían con tierras y otras propiedades y con puestos públicos de cierta relevancia. De este modo, los samuráis dejaron de ser simples soldados, convirtiéndose también en terratenientes y funcionarios. Paulatinamente, el rol del samurái fue adquiriendo cada vez más importancia dentro de la sociedad japonesa pre feudal. Los miembros de la casta guerrera adquirieron un poder inusitado y empezaron a participar en las disputas de las familias cortesanas; los cortesanos eran ya conscientes de que no podían dejar de depender de los clanes guerreros.

Finalmente, en la década de los ochenta del siglo XII, una disputa entre dos pretendientes al trono imperial terminó desembocando en una cruenta guerra civil en la que se vieron involucrados los dos clanes de samuráis más importantes de la época: los Taira y los Minamoto. Los Minamoto salieron vencedores del enfrentamiento, pero en vez de entregar el poder al emperador por el que lucharon, instauraron un gobierno militar y relegaron a la familia imperial y a la corte a un papel meramente simbólico destinado a fundamentar religiosamente el régimen. Así fue como se instauró el primer shogunato, o Shogunato Kamakura, y como los samuráis se convirtieron en la casta dominante.

Sobre el papel, los shogunes mandaban sobre todo Japón, pero en realidad, cada provincia tenía su propio señor feudal, o daimyo, lo cual hacía que el equilibrio de poderes fuera muy frágil. Cada daimyo contaba con su propio ejército, compuesto por los miles de samuráis y soldados de leva que le rendían vasallaje. La guerra, el verdader oficio del samurái, era el pan de cada día de los japoneses que vivieron esa época. Aun así, el Shogunato Kamakura fue relativamente estable, sobre todo si se le compara con el segundo shogunato: el Shogunato Ashikaga. El período durante el que el Clan Ashikaga ostentó el gobierno es conocido en la historiografía japonesa como Sengoku Jidai, o Era de los Estados en Guerra. En esta época es cuando surge la imagen ideal del guerrero samurái que perdura hasta el día de hoy.

Durante este tiempo, todos los daimyos estaban embarcados en una sangrienta carrera por convertir a sus clanes en los más poderosos de Japón, quedando por sumar todavía a esta caótica ecuación las numerosas sectas religiosas que contaban con milicias armadas y la aparición de las armas de fuego, las cuales fueron introducidas en el país por los portugueses a mediados del siglo XVI.

Este violento periodo, abarcó más de cien años de la historia de Japón. Oda Nobunaga, uno de los caudillos más capaces, fue el que logró derrocar al shogun e imponerse sobre el resto de clanes. Sin embargo, no logró ver culminado su proyecto de unificar y pacificar Japón, pues debido a la traición de un aliado que no acudió a socorrerle durante un asedio, se vio obligado a cometer el suicidio ritual, o seppuku, para no caer en manos de sus enemigos. Su fiel vasallo, Toyotomi Hideyoshi, fue el responsable de vengar a su señor y culminar su obra. Tras la muerte de Toyotomi Hideyoshi, tuvo lugar el último gran conflicto entre daimyos, el cual se saldó con la victoria de Tokugawa Ieyasu, que logró imponerse como legítimo heredero de Hideyoshi. Con la implantación del Shogunato Tokugawa en 1603, comenzó un periodo de paz sin precedentes en la historia japonesa que duró más de doscientos años.

Los Tokugawa limitaron mucho el poder de los daimyos con el fin de que no se diese la situación de que ningún clan pudiera disputarles el poder. Una de las medidas que tomaron, fue la de prohibir mantener grandes ejércitos a los señores feudales. Esto, sumado al largo periodo de paz que había comenzado, hizo que una gran cantidad de samuráis tuvieran que encontrar nuevas maneras de ganarse la vida y de dotarla de sentido. Algunos de ellos encontraron una salida digna en el funcionariado o en la enseñanza, pero muchos otros, como Mushashi, se convirtieron en ronin, o samuráis sin señor que se ganaban la vida como buenamente podían, muchas veces desempeñándose como bandidos, piratas, o como vulgares matones. Otros tantos ronin, más afortunados, podían mantenerse con sus rentas y dedicarse a gastarse el dinero en tabernas y casas de juego. No fueron escasos tampoco los que se dedicaron a la vida contemplativa, los que se convirtieron en ermitaños o los que simplemente se divertían buscando pelea.

El caso es que, esta nueva situación de paz había hecho que la casta guerrera perdiera su razón de ser, lo cual hizo que muchos bushi se plantearan qué era lo que realmente les diferenciaba de los individuos que pertenecían al resto de castas. Así es como tuvo comienzo una época en la que fue muy fértil la especulación intelectual en torno al bushido.